-Ten fe-
-¿Fe?-
-Sí, ésa ilusión absurda y difusa. Ése brote de energía tan pequeño y tan importante, ése motor de ideas, de sonrisas, de brillos en miradas. Ten ése ideal que nadie apoyará, pero que desde el fondo de tu corazón cumplirás, que sólo tú conoces, que sólo tú puedes defender y adorar. Ten ése soplo de vida, ésa tímida esperanza tan rebelde, tan mala, tan voluble. Ten miedo, a perder, a ganar, a no saber. Ten valor, coraje, fuerza. Reta a un duelo a todas las olas del mar, a todos los baches que te impidan caminar. Sé el faro de la más fría noche, de la más devastadora tormenta. Sé el fiero espigón inamovible y tantas veces quebrado. Ríe. Lucha, y pierde. Cierra los ojos, y siente. Déjate llevar. Déjate caer. Y ten la fe de que alguien te cogerá.-
-¿Para qué?-
-Para ti, para ellos. No puedes caminar sin una luz que te guíe. No puedes andar eternamente en las sombras, o te perderás.-
-Me la robarán, o la perderé. Me la quitarán, carroñeros todos ellos. La olvidaré, la dejaré de lado.-
-¿Qué importa?-
-Dolerá. Dolerá demasiado. No quiero.-
-El dolor es la más viva prueba de que vives. De que sientes. De que has tenido fe, y que la has perdido. De que la echas de menos, y de que la necesitas. Dices que te la robarán, será entonces porque la envidian, porque la quieren. No dejes que te la roben, entrégala a quien la merezca. Quien intente arrancártela será quien más la necesite. Dices que la perderás, y si no la tienes te perderás tú. Dices que te la quitarán, que la olvidarás. Ah, al menos tienes algo que olvidar.-
-¿Por qué no puede ser todo más fácil?-
-¿Y entonces valorarías la fe de las otras personas? Si no sientes el miedo, si no sientes el dolor, la rabia, la decepción… ¿Cómo puedes valorar la lealtad, el cariño, la ilusión? ¿Cómo puedes decir que estás viva, si no has sentido la muerte? Si fuera fácil, pequeña, serías igual que todos los demás. Si fuera fácil, no tendrías nada que perder, y nada que proteger. Si fuera fácil, la vida sería absurda. Tanto, que perderían el sentido las palabras.-



Al demonio. Al demonio con todos ellos, con todo. Así se pudran en el infierno, se los lleve el viento, los abrase el sol. Me da igual, estoy harta, cansada, asqueada. Al diablo, así los devore, los haga suyos, los robe, los queme. No quiero más. No lo soporto más. No puedo. Los odio, a todos y cada uno de ellos, tan extraños, tan crueles, tan ajenos y afilados. Tantas son ya las heridas que me han provocado, los golpes que he recibido, las mentiras que he cargado. Al infierno con sus promesas de aire, sus vuelos velados, sus sombras grises. Así se mueran, secos, desprovistos de esperanza, de vida, de compañía, como tantas otras veces me hicieron a mí.
¿Por qué? ¿Qué es esto? ¿Qué estoy haciendo? ¿Dónde voy? No sé de dónde vengo, no sé dónde avanzo, no sé qué horizonte fijo. Ni tan si quiera sé si este es mi camino, si no estoy cometiendo el error más grave de mi vida, si no me he dejado guiar como una estúpida a lo largo de los años para encontrarme rodeada de fango, de fallos, de fracasos, todos unidos e indisociables. Si antaño tuve brújula, ya no sigue a mi lado. Si en un tiempo supe qué era lo correcto, ahora lo he olvidado. Importará acaso si triunfo o caigo, cuando nadie se molestó en alentarme un soplo de vida, cuando nadie alargó una mano para mancharse con la sangre de mis heridas. Tengo la sensación, la certeza abrumadora, de que allá arriba vuelan ellos, los buitres, esperando mi última caída, mi último y gran tropiezo, para abalanzarse y devorar lo que queda de mí. No importa que sea una mancha insignificante bajo su vuelo perfecto e inmutable, no importa que mis pies estén encadenados a la tierra, ni que mis manos hayan perdido su fuerza. Ellos aguardan.
Me ha abandonado. Ella.
Hoy es un día tranquilo, suave, bonito. No es especialmente gris, ni especialmente azul. Tampoco caen del cielo flechas heladas, ni llameantes estrellas. Parece pausado, como si el mundo, la vida, se hubiesen quedado en casa y hoy, sólo hoy, hubiesen decidido no salir. Como si, por un día, por un momento, el enorme tren de las idas y venidas hubiese parado en la estación del día de hoy. La estación de la calma, del silencio, la estación donde no hay pasajeros que corren, ni que se van, donde no hay despedidas, ni manos que tomar. Descansan todos, los sueños se duermen, para soñar a su vez, los niños se sientan a escuchar la música que el aire no termina de soltar.
¿Cómo me has hecho esto? ¿Cómo me has convertido en esto? ¿Cómo has hecho que sea como tú, que sea una criatura infinitamente dolida? ¿Cómo has podido? Sólo sé que ahora tengo la página en alto, me tiembla la mano, no puedo avanzar. No puedo dejarla caer como tantas otras veces, manchada de sal, manchada del amargo sabor de la decepción, y dejarla flotar en la misma pila que tantas noches echo a la hoguera. Se ha quedado suspendida mi resolución en el aire, algo tira de ello, algo me impide soltarla, algo que aún despierta recovecos de dolor dentro de mí. Algo que mantiene vivas unas brasas que no logro apagar, que hace que el agua se evapore antes de enfriarlas siquiera.
Sus pies vuelan sobre el suelo frío,