No sabes qué decir. No sabes qué hacer. No sabes por dónde empezar, porque aunque no sabés qué, si sabes cuánto. Y es mucho, muchísimo, todas esas voces que has callado, todo ese dolor reprimido, esas heridas escondidas, esas cicatrices que no se curan, que se abren, que con sólo un roce te hacen temblar. Nunca te habías considerado rencorosa, no, pero te estás descubriendo, y no te gusta. No te gusta lo que encuentras, tan enterrado. No te gusta ver cómo emergen de la ciénaga de tu oscuridad las manos esqueléticas que te atrapan y te hacen caer. A ti, que tanto te gustaba reír.
Luchas. Más bien luchaste. Hasta la extenuación. Y más allá. Y seguiste luchando. Hasta que no pudiste más, hasta que la oscuridad te rodeó, tanto que ni si quiera encontraste tu propia luz. Dudaste, dudaste un instante. Fue suficiente. Engullida, sacudida, ahogada. Sueñas con los gritos que no has dado. Sueñas con tu lucha interminable contra aquello que no sabes qué es, pero que te retiene. Cadenas invisibles, fuerza descomunal, y sólo tú, desnuda, para hacerle frente. Tú y toda tu fe. Tú, y toda la oscuridad que se ha colado en tu interior. Tú, y la fragilidad de tu alma, ahora corrompida. Tú y la batalla ya perdida.
Sin saber muy bien cómo vuelves la vista atrás, tiempo atrás, donde aún hay luz. Allí donde la oscuridad aún no había llegado. Atrás, atrás. Más atrás. Más aún. Más allá de tus ojos. Allí, donde te dejaste la armadura, donde te dejaste el escudo. Donde olvidaste protegerte, para entregarte como eras. Y donde llegó esa herida de sangre negra, de gritos negros, de negro dolor. Directamente hacia ti. Sin capas, sin artimañas. Todo para ti. Para una pequeña alma. Un torrente de oscuridad. Invasión. Derrota.
Ahora tienes al enemigo dentro de ti. Tienes tu propia tierra resquebrajada. Alas blancas, alas negras, lucha constante. ¿Hacia dónde te decantarás? No lo sabes. Y mientras no lo sabes emergen los recuerdos. Quejumbrosos, iracundos, desbocados. Emergen de tu memoria, de tantas y tantas cajas, de tantos y tantos lugares que sumiste en la oscuridad. Emergen, ayudados, para brotar de unos labios que jamás pensaron que dirían tanto. Brotan como noches sin luna, como lágrimas, pero no lágrimas saladas, lágrimas rojas. Y poco a poco se divide hasta tu corazón.
No puede ser. No puede llegar tan lejos. No puedes perder. No, tú no. Tú, que tantas veces te prometiste ser equilibrio, ser valiente, ser fantasma. ¿Qué hacer? Todo parece una derrota. Todo, salvo una cosa. Y te aferras a ella. Te aferras herida de muerte, esperando que sea capaz de sacarte de allí, esperando con la poca esperanza que has salvado, esperando, esperando. Con el abismo a los pies. Gritas. Gritas mil palabras. Gritas aún más. Te quiebras la voz. Lloras. Suplicas. Es entonces cuando recuerdas que no vendrá nadie a salvarte. Que tú misma te creaste para sacarte de allí. Y sabes, por ello, antes de que aparezca, que la mano que te salva es la tuya también. Mano firme de luz que quema la tuya, de tantos recuerdos. Y duele. Duele tanto que piensas en soltarte, en enterrarte. ¿Podrías?
¿Y rendirte?
Eso jamás. Por mucho que queme.
Así que te aferras. Te rompes. Te dejas a ti misma atrás, y al tiempo sigues adelante sobre tus sueños marchitos. Te dejas llevar, llevar a casa. Seguir la luz, lleve a donde lleve, porque no queda nada más. Confundida, al principio no entiendes por qué te ha llevado frente a un espejo. Un mísero espejo. Ya sabes lo que verás. Lo sabes muy bien, ya que de eso estás huyendo. Mas no. No es eso lo que refleja. No eres tú, al menos no eres la que eres ahora. Eres otra. Eres joven. Eres aquella que nunca debiste dejar de ser. ¿Cómo llegaste a oscurecerte tanto?
No lo sabes. No te importa.
Ahora hay una meta.