Mañana gris de negro día. Triste condena de un desvarío. Alma en pena que se ahoga en el río. Frío abrazo de muerte, traición de la gente, abandono y olvido. Dicen que soy extraña, que no sé amar. Dicen que estoy loca, que no sé reír, ni llorar. Dicen que no tengo corazón. Dejé de amar por miedo al dolor, dejé de creer porque me robaron la fe, dejé de confiar porque me traicionaron desde dentro, dejé de reír y de llorar, porque no sabía sentir ya. Y guardé mi corazón, muy dentro de mí, lejos del dolor.
Y al hacerlo éste empezó a morir tan lenta y suavemente que no me di cuenta. Y ahora me miro y sólo veo una carcasa vacía, una dulce agonía.
No busques dentro de mí, no llegarás a nada, y si aún queda algo, morirá pronto. Se secará con el sol y se ahogará con la luna, un corazón demasiado débil para esta dura vida. Un alma demasiado afable para este monstruo horrible. Guerra dentro de mí, muerte en mi interior, y desolación. Me siento sola, porque yo misma me aislé, me siento rota, porque yo misma luché, me siento tonta, porque yo misma me dejé morir.
¿Esperanza?, una vez creí. ¿Amor?, ¿felicidad?, ¿entereza?, ninguno de ellos vino a mi, me ignoraron al igual que todos. Es tan fácil pasar de largo a quien no habla, es tan fácil olvidar a quien no se queja, tan fácil dañar al que no dice nada y abrazar al que finge llorar, tan sencillo y cómodo, que puede que yo misma me dejase tentar. Y ahora aquí estoy, escondida, en silencio y tragando. Guardando para mí todas esas cosas que me hacen daño, las guardo en mi pequeño bote de cristal, guardo cada una de mis lágrimas, en mi corazón, y me encadeno a esta cara de aparente impasibilidad.
Evito los ojos que puedan ver algo, escondo los míos bajo siete velos y callo mi alma para no ser escuchada. No quiero ese interés momentáneo que me hará daño al ser desvelado, no quiero ese amor pasajero que me traicionará, quiero seguridad. Saber que puedo confiar sin sentirme mal. Y hasta ahora ha sido inútil, no hay aún quien sepa mirar, no hay quien sepa escuchar, y no hay quien merezca saber. No hay quien quiera verme, comprenderme. Y yo no voy a obligar. Me quedo con la fría seguridad de mi soledad, con la dulce tortura. Y son tantos los que caen por mucho menos de lo que he aguantado yo, hay tantos que se dejan querer y abrazar, hay tantos que cogen para sí que yo me pregunto si realmente estoy tan mal. Verlos llorar me hace pensar que tal vez yo no tenga motivos, pero ¿qué motivos?, ¿tengo acaso ganas de llorar?, ¿de reír, de hablar?.
No puedo pretender estar mal si ni siquiera sé cómo estoy. Y mientras tanto me pierdo, me escondo de mí misma y me dejo morir.