Una vez más me veo apartada de lo que llamamos multitud. A veces por mi carácter, otras por mi ideología, y otras por mis actos. Por un motivo u otro no me siento parte de esa masa compacta que forma la gente, y estoy orgullosa de ello. A veces reconozco que se pasa mal, las ganas se te van y sólo quieres gritar, llorar y patalear. A veces ser consciente de que no tienes un hombro para llorar es horrible y te hunde, te pesa el corazón y no te sientes para nada bien. Otras veces el miedo a hablar, a expresar tus dudas es sobrecogedor y callas, mientras por dentro te van royendo. Y finalmente me encuentro con pedacitos de mi interior, un nudo en la garganta, un vacío en el corazón y unas terribles ganas de llorar. Y sin embargo me sigo manteniendo firme en mi postura, no lloraré jamás delante de nadie, porque no me siento capaz de mostrar esa parte de mí. Llorar sería mostrar mi debilidad, y me aterra, tanto, que nunca lo hago si hay alguien mirando.
Y de nuevo me he encontrado con otra peculiaridad de mi carácter. Algo que ya intuía y que he confirmado. A veces tengo la sensación de que me voy descubriendo poco a poco y que soy reservada incluso para mis ojos.
Cuando se siente algo especial, algo diferente que lo que nos inspira el resto de la gente, no se puede callar. Normalmente mi reacción es archivar ese sentimiento con todos los demás, en un tarrito de cristal dentro de mí y no dejarlo escapar nunca, y guardármelo para mí, y para nadie más. Y sin embargo, no es así.
Algo me impedía guardarlo con los demás, hacer lo que hace la gente normal. La gente suele ser abierta con su personalidad, se muestran sin temor, pero son reservadas para lo que les pide su corazón. Me he dado cuenta de que yo no soy así, soy totalmente el opuesto. He hablado de este único sentimiento con la persona afectada directamente por él, y no he tenido miedo ni pavor. He hecho un puñado con mi coraje y me ha servido, he reunido todo mi valor y lo he usado.
Y después de ello me he dado cuenta de que cuando jugamos con sentimientos tan profundos como puede llegar a ser el amor no hay que guardarse nada, porque pueden hacer mucho daño, y porque si nos despistamos el momento se nos puede escapar.
Y de nuevo me he encontrado con otra peculiaridad de mi carácter. Algo que ya intuía y que he confirmado. A veces tengo la sensación de que me voy descubriendo poco a poco y que soy reservada incluso para mis ojos.
Cuando se siente algo especial, algo diferente que lo que nos inspira el resto de la gente, no se puede callar. Normalmente mi reacción es archivar ese sentimiento con todos los demás, en un tarrito de cristal dentro de mí y no dejarlo escapar nunca, y guardármelo para mí, y para nadie más. Y sin embargo, no es así.
Algo me impedía guardarlo con los demás, hacer lo que hace la gente normal. La gente suele ser abierta con su personalidad, se muestran sin temor, pero son reservadas para lo que les pide su corazón. Me he dado cuenta de que yo no soy así, soy totalmente el opuesto. He hablado de este único sentimiento con la persona afectada directamente por él, y no he tenido miedo ni pavor. He hecho un puñado con mi coraje y me ha servido, he reunido todo mi valor y lo he usado.
Y después de ello me he dado cuenta de que cuando jugamos con sentimientos tan profundos como puede llegar a ser el amor no hay que guardarse nada, porque pueden hacer mucho daño, y porque si nos despistamos el momento se nos puede escapar.
