Dos frentes en el campo de batalla, un gran abismo se interpone entre ellos y sin embargo la colisión es inevitable y brutal. A un lado, la oscuridad, inquebrantable, irrevocable y tiránica. Sangrienta división de muerte y desolación, irracional ira y desconfianza, cruel arpía y secreta espía. Núcleo de frialdad, sangrienta y gélida, inmutable al dolor ajeno e impulsada por el anhelo del bien interior, protectora y leal asesina, imparcial en su injusticia y deslealtad.
Al frente, blanca ingenuidad, inocencia pura y límpida, clara dulzura y bondad. Fe inquebrantable y generosidad sin límites, predisposición al sacrificio por el bien ajeno, dispuesta a arrodillarse ante el mismísimo monstruo interior para dejarlo pasar y entregar su alma, su vida, a chorros por un simple acto de caridad.
Crueles damas de hielo imponen su voluntad, marcan las reglas y no dejan que nadie tenga derecho a cometer ninguna infracción, mientras que dulces doncellas regalan amor en amapolas del color del atardecer.
Sólidas barreras limitan mi radio de acción mientras veo cómo mi interior se va matando lenta y despiadadamente. En mi pequeña llanura interior un terremoto ha amenazado la paz recién establecida y ha sacudido los pilares de mis creencias. El apacible paisaje se ha desmoronado, ahora el horizonte se tiñe con la sangre de mis pensamientos muertos y arde con fuerza todo lo que contenía inocencia infantil y estúpida confianza. La tierra ha sufrido los males de la guerra y se ha roto a su vez, en dos pedazos, separados y en constante batalla.
Y yo, condenada a verme morir, asesinada por mis propias creencias, derrotada por mi propia fe y mi ingenuidad. Destrozada por mi propia ética y devastada por lo que creo que ahora es la realidad. Jamás quise tomar partido en esta guerra, jamás quise que entrase a mi casa, y por ello cerré la puerta con llave, porque a cada batalla interior, a cada guerra civil que estalla en mí, la desolación y la devastación acaban alcanzado su máximo apogeo a expensas de mi voluntad y mi fortaleza interior. Porque a cada nuevo enfrentamiento, pierdo una nueva ilusión, a cada nueva escabechina pierdo un punto de apoyo, y apenas me quedan firmes columnas que me puedan soportar en pie.
La masacre es inevitable y como tantas otras veces me vendo los ojos para no ver lo que está pasando, para no verme morir una vez más y resucitar de un montón de cenizas que se volverán a quemar. Sin embargo la venda no tapa los gritos de socorro que me llegan distantes y difusos, pero nítidos en la plegaria expresada. No quiero tomar parte en esta guerra, sin embargo, soy parte de ella, y ella parte de mí.
Y sé muy bien que hasta que no tome parte por un bando el conflicto me consumirá interiormente, y yo me moriré indecisa dejando que a mi alrededor se consuma la poca felicidad que me había logrado construir.