Me pregunto si soy yo, la que no tiene verdugo, la que no tiene consuelo, la causa de todos los males del atardecer. Me pregunto si yo sola soy capaz de destruir la belleza de la luna salvaje de la mirada de una madre, y me pregunto si realmente hay fuerza en mis manos para ahogar a la esperanza en el pozo de la decepción. Me pregunto, de noche, en la oscuridad de mi alma, si soy yo, la culpable. Me abrazo de día, con palabras vacías, con la fuerza que regalo y que tanta falta me hace. Me pregunto, y no sé, si es cierto que doy cobijo a un demonio en mi interior, y si no soy más que una dictadora sin compasión.
Me pregunto, a menudo, si son sabias las lenguas que hablan de mí, y tanto daño me hacen. Me pregunto, tal vez demasiado, si no seré más que un reflejo borroso de un espejo algo sucio y olvidado, que proyecta un sueño marchito y malcriado mientras una araña le recorre el marco. Me pregunto, de vez en cuando, si la sombra que proyecto no será más grande que yo. Me pregunto, siempre, si realmente soy lo que dicen de mí.
Y llega la respuesta, camuflada de pregunta, sin decirme ni mentirme, sin mostrarme la verdad y alejandome de ella cada vez más. Llegan las noches, con sus estrellas, y sale la luna, tan sola y fría, como una cruel sonrisa torcida que se mofa de mí. Llegan mis noches, sombrías y lúgubres, en las que vivo en la oscuridad constante de la ignorancia, y la luz de la mañana me hiere más que el sol. La espada de la verdad me ha quemado el corazón, y mi escudo de inocencia se ha quebrado bajo la fuerza de la traición.
Se me rompe la voz, cuando doy fuerza a mis preguntas, y se me pierde la vida al intentar comprender las respuestas. Supongo que no sé, que no puedo saber, y mientras voy comprendiendo voy preguntándome más y más si no seré una duda constante que depende del miedo a la verdad para seguir existiendo.
Me pregunto, a cada noche, qué seré al despertar.
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Nunca me cansaré de leerte.