Escuchar… Escuchar en silencio las notas tristes de una canción que te encoge el alma, mientras una voz lenta y suave te envuelve en un abrazo de melancolía. Y tienes ganas de llorar. ¿Por qué? No lo sabes. Y te arropas en esa voz, esa voz que enferma, que te enfrenta a ti misma con las palabras llenas de fuerza, llenas de espíritu, llenas de una profundidad que te hace temblar. A lo lejos un piano tirita tímido, efímero, marchito. Te dejas llevar entre dos notas, sobre una corchea, escondida entre los silencios que te hacen suspirar. Una mancha borrosa en la partitura de la canción que ahora no puedes dejar de escuchar.
Abatida, completamente empapada de tristeza y dolor, miras las manos que tanto temes usar. Las manos que crean, que alzan, pero que, sobre todo, destruyen. Por mucho que intentes tener cuidado. A veces parece que solo con respirar pudieras romper algo. ¿Pero cómo? Si no te has movido. Tienes el alma encogida, como adormilada, aunque en realidad sabes que está aterrorizada. Tú antes escribias arrebatos sin pensar. Puede, tal vez, quizá. No lo sabes. En realidad ni si quiera pensabas que escribias. Tal vez era Ella. Sí, eso es, escribe Ella. Por ello cuando lees de nuevo parece un sueño. Por eso evocas tantas cosas, pero a la vez eres incapaz de hablar. Por eso no entiendes de días ni de noches. Ella, que ahora, mientras te miras las manos, no sabes dónde está.
Un soplo de viento, una nota diferente, un silencio algo más largo de lo normal. Un piano. Un olor, un sueño. Una imagen. Cosas tan pequeñas para hacerla volar, sangre de tinta, corazón valiente y provocador, espíritu rebelde y chillón. Ella, que no entiende de cadenas. Que alimentaba esa oscuridad que temías con esperanza y valor, con promesas, llenándola de rencor sordo y ciego. Ella, que ha hecho llorar. Ella, que ha sacado lo mejor y lo peor. Ella, que ahora no está para enfrentarse a sus crímenes. Efímera y caprichosa, no hay musa que acuda a un estrado, no hay musa que entienda de tribunales. Y Ella menos. Maldita cobarde. Te ha dejado a ti, el cáliz, para justificar a la voluntad. ¿Qué decir entonces?
No lo sabes.
Y mientras, la última nota te deja a oscuras, agazapada, esperando que Ella te escude de ese frío que empieza a expandirse en tu interior.
Maldita cobarde.