-Hola, soy Piedra. ¿Y tú?
-Yo soy Fuego. ¿Seguro que eres Piedra? Desprendes auras de Tierra.
-Eso es porque paso mucho tiempo allí. Pero no hay duda. Tengo que ser Piedra.
-Vaya. ¿Y qué hace Piedra en Agua? Te puedes hundir. ¿No te da miedo?
- Un poco. Pero en el fondo hay más Piedras como yo, de esas que se ahogan solas antes de caer. Por eso no me asusta estar aquí. Aunque tú sí deberías preocuparte. Se te están esfumando las chispas. Como no te prestes atención serás pronto Humo.
-Me gustaría ser Humo. Tan volátil que casi parece que vuela. Siempre quise ser Humo. Por eso vine aquí… ¿En serio no te da miedo caer? Es lo único que me preocupa de alzarme. Algún día todo cae. Y tú puedes llegar a lo más hondo. Yo no podría.
-Durante un tiempo pensé que tampoco. Pero un día no te das cuenta, y al siguiente ya no te importa. Y bueno, llega un momento que sabes que es la hora de dejarte llevar por la marea. Y ya todo da igual. Todas las lágrimas, los gritos, los silencios. Ya no duelen, aunque pesan. Por eso soy Piedra. Y por eso he de caer. Porque aunque yo también pensé que podría ser Humo, entendí muy pronto que no podía arder. Así que si no puedo alzarme, tendré que caer en la resignación. Y ya que caigo, lo haré bien. Como una buena Piedra.
-Qué valor. ¿No crees que…?
-Vaya. Esa hola fue más grande de lo previsto.- Dijo Piedra, mientras veía cómo la humareda la sobrevolaba, cada vez más lejos, arrastrada por la ola, mientras poco a poco la luz se fue cerrando, mientras poco a poco los silencios la ahogaban, mientras, poco a poco, ella misma se esfumaba.