Mañana podría morirme, mañana, o tal vez hoy. Tal vez en una semana, en un mes, en años. Quién sabe. No me gusta preguntar por respuestas extrañas. Pero hoy, sólo esta noche, supondré que mañana me muero. ¿Por qué mañana? ¿Y por qué no? A la vida no le gusta rendir cuentas, ni a mí pedírselas. Es mañana porque es futuro, porque ayer no puede ser, y porque hoy estoy viva. No me preocupa el tiempo que separe mañana de hoy, no me importa, y tampoco debería importar a todo el que se obsesiona con él. Supondré que mañana moriré, una suposición absurda. Es la única certeza que tengo.
A muchas personas les gustaría parar el tiempo, disfrutar y hacer todo lo que no han hecho. Hacer, por ejemplo, aquél pequeño regalo que nunca tuvieron ocasión de comprar, o ése viaje que siempre desearon realizar. Decir, incluso, las verdades que han sabido guardar durante mucho tiempo. Muchas personas harían lo que en su vida normal no hacen porque sólo la certeza de su propia muerte parece traerles la libertad que necesitan para decidir y traer el libre albedrío a sus vidas. Son aquellos que dejan la vida pasar sin atreverse a empaparse de ella, sentados tranquilamente mientras esperan la oportunidad de hacer todo aquello que anhelan.
Yo no. Tampoco puedo juzgarlos por ello. Intento hacer de cada día una pequeña aventura, y quién sabe lo que traerá mañana. Sí, hay cosas que me gustaría hacer, pero no necesito saber que me muero para llevarlas a cabo. Las cumpliré igualmente. No me gustan los días cojos, las horas vacías, ni los ratos malgastados en esperas absurdas. No me dicen nada, no tienen historias. Y a mí me gustan las historias. Me gustan mucho. Tal vez porque dentro de ellas hay un poco de la mía.
Algunas negarían la verdad, se empecinarían en un acto absurdo por blandir una inmortalidad fingida e inexistente. O tal vez se sentarían a esperar, abandonar los instantes que les quedan, robándoles su valor como al resto de su vida. Todos ésos instantes que son más que oro y que caen a tierra sin ser aprovechados si quiera. Yo no. No pienso sentarme a esperar a que vengan a buscarme. Tampoco quiere decir que me lance a sus brazos.
A otras personas les gustaría contar la trayectoria de sus vidas, sus pequeñas aventuras, su pequeña leyenda. Pasarla a papel, o regalarla a quien la quiera escuchar. Creo que yo soy de éstas. Por mi silencio, por mi mutismo, o por mi pequeña costumbre de plasmar tantas cosas en palabras. Y, como toda historia, todo debe empezar por un pequeño comienzo. ¿Dónde está mi principio? No lo sé, realmente. No puede situarse el día que nací, puesto que no lo recuerdo. Mi primer recuerdo consciente me llegó al año y medio de vida. Supongo que éso podría considerarse mi principio, un principio extraño, difuso y poco agradable. Un principio oscuro. Pero un comienzo, al fin y al cabo. No todas las historias tienen un ”Érase una vez” que las respalde. La mía no.
Podría decirse que tuve una infancia feliz, pero no plena. Y breve. Breve para mi gusto, claro está. Mi adolescencia no fue especialmente memorable, sumida en una noche aparentemente eterna. Pero poco a poco llegó el alba, y como todo, con algo más de luz los problemas parecen disolverse. También podría decir que el crepúsculo llegó tarde, para mi gusto, y que los años que me pasé a oscuras no fueron algo de lo que pueda estar orgullosa, pero tampoco algo que rechace. No se puede rechazar lo que es uno mismo, todo lo contrario, abrazarlo con fuerza. No podría volver a vivir dividida, disuelta en dos. Al menos no tan severamente. Tampoco quiero. Ahora que me conozco no puedo dejar de intentar comprenderme. Se ha vuelto en mi pequeña droga personal.
El hecho de que ahora me apetezca tratar el caso hipotético de una muerte prematura no es más que una pequeña reflexión que dejo caer al aire para que la arrastre con él y se la lleve tan lejos, o tan cerca, como guste. Yo tengo dentro al orador, y él sólo se lleva sus palabras como un pregonero que grita un mensaje real. Salvo que mi mensaje no es real, y tampoco quiero que sea gritado. A fin de cuentas, los gritos sólo se dan para alcanzar a la gente que más lejos está de nosotros. Dos corazones cercanos no necesitan más que susurrar para decirse un te quiero.
¿Y qué más diría en esta biografía que no es biográfica ni es mía? Podría vencer a la eternidad hablando de lo que no soy, de lo que sé que soy, o de lo que podría ser. Podría derrotar al futuro con imágenes de pasado, o incluso apagar la luna con tristes miradas de desconsuelo. Pero no quiero perder las palabras, ni los recuerdos, ni la luz tranquila, serena y fría de la luna creciente que me ilumina. Las quiero para mí, para que cuando la muerte llegue de veras a mis puertas, para cuando realmente la despedida que llegue sea irreversible tener un sinfín de historias que regalarle al viento para que, como esta noche, las lleve con él a los oídos que quieran escucharlas.
Así pues, brisas de invierno, llevad con vosotras todo aquello que no supe decir.

Devuélvemela , devuélvemela. Maldito amanecer que te la llevaste de mi lado. Maldita la suerte que a mí te trajo para arrancarte tan salvajemente de mí, cuando te necesitaba, cuando te quería, cuando más te amaba. Maldito el cielo gris que te arrancó la vida, entre un dolor infinito y mi alma perdida. Alegre esta mañana teñida de añil, y yo inocente que no te supe ver. Vuelve a mí, vuelve a mi lado, te necesito, no quiero creer que te has evaporado.

¿Quién es él?, Él, a quien tanto llamo, a quien tanto anhelo, a quien tanto amo. Él es el amigo que nunca está, el tiempo que viene y va, el coraje que se me va. Él es de mi miedo eterno verdugo, y de mi dolor inquebrantable amigo. Es mi luz, y mi despertar, es mi noche, y mi deambular. No es, y siempre fue, es la idea de un caminar. Él, salvaje idea, noble corazón y eterno terror, el que abre las puertas de la imaginación, el imperecedero cerrajero de las puertas de mi razón. Él es dulce, y a la vez amargo, es triste, y de mi vanidad esclavo. Es el que abre los caminos por donde yo paso, y me protege de las sombras que corren a mi lado.
Yo no lloro con mis ojos, ni siento con mis lágrimas.
Ella era fuego,